sábado, 30 de junio de 2012

El reloj de Plata: capítulo 3


La vista nublada

30 de Abril de 1992
Me despierto con un ligero olor a humedad mezclado con putrefacción. Mi vista se va aclarando a la poca luz que iluminaba aquel lugar. Pude ver una extraña mesilla echa de un tronco al lado de la cama medio rota. Una pequeña lámpara ilumina el lugar. Las paredes parecen estar echas de roca o la misma roca formando un hoyo enorme para formar una habitación. ¿Dónde estoy? Intento levantarme, pero un profundo dolor en el hombro izquierdo me hace detenerme. Un gemido de dolor sale de mis labios y me vuelvo a recostar. Al levantarme la manga izquierda puedo ver como mi hombro y parte del pecho estaban cubiertos por una especie de venda. Una pequeña mancha de color rojo se iba agrandando poco a poco. Me asusto. Si no para me desangraría.
- No deberías de haberte movido, ¿sabes? – Pronuncia una voz al fondo de aquella extraña habitación. La silueta de un hombre de no más de treinta años se acerca a mí. Pude distinguir una cabellera negra y unos ojos de un extraño negro azabache. Me suena demasiado. El hombre se sienta a mi lado y me da una especie de ampolla para que me la tome. Le miro desconfiadamente durante un rato. Su mirada no cambia ni un ápice. Profunda y decidida. Finalmente cojo aquel bote. Lo abro con cuidado y dejo que aquel extraño líquido recorra mi garganta. Está amarga, muy amarga. Mi cara muestra una mueca de desagrado y toso al instante.
- Esto esta asqueroso… ¿qué era eso? – pregunto con aquel sabor todavía recorriéndome la boca.
- Una ampolla de sangre. Te ayudará a coagular. – Pronuncia indiferente.
- ¿Existen ese tipo de cosas? – Pregunto desconcertada.
- Sólo para los soldados. Para que no se desangren en combate. – responde de la misma manera.
Me quedo callada. Al ser la luz tenue, solo puedo distinguir unas pocas facciones. Su cara blanca, nívea, prácticamente intocable, exceptuando una gran cicatriz que le recorre la yugular. Probablemente de algún combate. Sigo con la mirada sus acciones. Al pasarse la mano por el cabello diviso otra cicatriz en la parte interna de la muñeca. ¿Suicidio? Probablemente. Se revuelve el cabello con insistencia. Parece intranquilo. Un sonido fuera del cuarto le hace voltearse. Frunce el ceño y sale gruñendo. Me quedo estática en el sitio. Personaje raro, muy raro. Pero tenía un ligero parecido una persona muy conocida. Me suena de haberlo visto en algún otro sitio.
Me acuesto de nuevo y miro lo que parece el techo. Una gran mancha de humedad se encuentra ahí. Empiezo a imaginarme cosas. Al principio no parece nada, pero al rato consigo distinguir un gato gordo asustado. Suelto una carcajada. Que imaginación la mía. Otro golpe procedente fuera del cuarto me asusta. De repente una silueta delgada y de estatura media atraviesa el cuarto con una gran bandeja. Mi cara es de completo asombro.
- ¿Ya estás despierta, preciosa? – La voz de un hombre. Una cabellera larga se menea detrás de su cabeza amarrada a una coleta. – Te traje algo de comer, estarás hambrienta. Llevas tres días durmiendo – Oigo una risa. Al posicionarme la bandeja encima puedo divisar una gran sonrisa. Bajo la mirada hacia la bandeja. ¡Madre mía! Eso era un banquete. Un gran cuenco de sopa de picadillo me inunda las fosas nasales. Olía de maravilla. Un gran plato de huevos revueltos con setas y un gran filete de no sé qué, pero que parecía apetitoso. Una especia de crema de calabaza con picatostes y un cuenco lleno de fruta fresca. Se me hace la boca agua. Oigo otra risa. Tal vez mi cara parecía una hiena deseosa de comida. Cierro la boca y lo miro a los ojos. Grises. Una mirada gris y sonriente.
- Espero que te guste. Vuelvo en un rato y espero que te lo hayas comido todo. - ¿Y esas confianzas? Frunzo el ceño. Dirijo de nuevo la mirada hacia la comida una vez que la puerta se ha cerrado. En verdad tiene muy buena pinta. Cojo la cuchara y pruebo un poco de la sopa. Mi mirada se agranda, estaba riquísima. Y sin previo aviso comienzo a devorar todo lo de la bandeja.

Dos horas después, la bandeja se encuentra en la mesilla y mi cuerpo recontado en la cama, apoyada en mi brazo derecho. Me empieza a doler el brazo izquierdo y agarro mi collar. Empiezo a tener miedo. Hermano, ¿dónde estás? Te echo de menos. Aprieto más el collar y una pequeña lágrima sale de mis ojos.
- ¿Por qué lloras? – Una mirada penetrante me mira desde la puerta. Aparto la mirada y me seco las lágrimas. Se acerca a mí y se sienta a mi lado. Me hace verlo agarrándome del mentón. Me recorre la cara con su mano, acariciándome. Me relajo y cierro los ojos. – una chica tan linda como tú no debería llorar – Y le vi sonreír por primera vez. Me sonrojo.
- Gracias… - Pronuncio avergonzada. Una pregunta me recorre la cabeza. No sé cómo se llama. Le miro decidida. – Oye… - Me mira confundido – Al menos podrías decirme tu nombre. No te he podido agradecer la ayuda.
- Yo tampoco se el tuyo y no digo nada – Arquea la ceja derecha.
- Lo sé, pero… Mira te digo el mío y tú me dices el tuyo
- Si no hay más remedio – Dice con indiferencia. Este hombre es bipolar.
- Mi nombre es Scarlet. Scarlet Bórebar.
- Eso es imposible. – Se levanta de golpe con cara sorprendida y la mano apoyada en su boca. - Todos los Bórebar están muertos.
- Bueno… mi hermano y yo somos los únicos que quedan. – me mira sorprendido. Se acerca rápido y me coge de la cara. Me mira penetrante. Y se aleja de repente.
- ¿Quién es tu madre? – Me pregunta dándose la vuelta. Yo bajo la mirada.
- Rose Reed… ¿la conoces? – Me vuelve a mirar sorprendido. – Voy a cumplir 16 años dentro de una semana y media. – Bajo la mirada. Y me abraza desesperado. Me vuelve a agarrar la cara suavemente.
- Te pareces tanto a ella. – Dice en un susurro. – Nunca pensé que estuviera embarazada – Me sigue acariciando la cara. Y de repente, como un rayo la imagen de una fotografía en el despacho de mi madre me hace reaccionar. Una fotografía vieja y pegada a un expediente de hace veinte años. Esas facciones, ese pelo, esos ojos. Una lágrima sale de mis ojos y muere en su mano. Me tiembla el labio ligeramente.
- Max – Pronuncio en un susurro – papá… - me abrazo a él fuertemente. Y una extraña sensación de estar en casa me llena el cuerpo.
Al día siguiente me encuentro mucho mejor. Esperando que nada de lo ocurrido hubiera sido un sueño. Me levanto de la cama y ando un rato. Una sensación de vértigo me recorre. Sigo mareada. Me agarro a la pared. Un toque en la puerta me hace volver. Una cabellera negra se asoma por el umbral de la puerta. Una sonrisa se forma en mis labios y salgo corriendo a abrazarlo. Él me corresponde cálidamente. Estamos así un rato hasta que otra sensación de mareo me recorre. Malditos mareos, siempre arruinando los momentos especiales. Cierro los ojos con fuerza esperando a que se pase.
- ¿Estás bien? – Pronuncia asustado.
- Si, solo es un mareo. – Intento sonreír. Me lleva hasta la cama y me acuesta. Me acaricia la cabeza y me da un beso en la frente.
- Papá… - Intento hablar pero me interrumpe.
- ¿Sabes? Se me hace raro que me llames así – Le miro triste – pero es una sensación agradable. – Me mira sonriente y le correspondo.
- Oye papá, cuéntame la historia de la familia.
- ¿A qué viene eso ahora? – Me pregunta sorprendido.
- Bueno, es que mamá nunca me lo ha contado y Nick es demasiado entusiasta y de seguro que se lo inventa.
- ¿Nick? ¿El idiota? – Se ríe. Le miro extrañado. – Así es como le llamaba cuando éramos pequeños. Así que Sabrina le dejo reinar. – Se apoya en la pared. Una sensación de bienestar me recorre el cuerpo.
-Bueno, ¿me lo vas a contar o qué? –Le miro con cara enfadada.
-De acuerdo de acuerdo. Pero es un tanto larga.
-¿Por qué es larga? – pregunto sorprendida.
- Por que todo es debido a esto – De su bolsillo saca un reloj viejo de bolsillo. Lo limpia un poco y me lo entrega. Era de plata. Un precioso color plateado la rodea, con el símbolo familiar gravado en la tapa. No es más grande de mi mano y de él cuelga una cadena. Al abrirlo se ve las manillas del reloj, también de plata, pero no se mueve, está parado. En la tapa se encuentra una foto de una familia. Un hombre de gran porte, con un uniforme del ejército, probablemente de comandante, alto y con facciones latinas. A su lado una mujer hermosa, de cabello largo y oscuro, tez blanca y cuidada. A su lado un niño de unos diez años de edad. Cabello largo hasta los hombros, negro. Era alto. Al lado de éste, un niño de aproximadamente cinco años. Cabello corto y negro, con un pequeño gato en brazos. Sonreía. Más bien todos sonreían, a excepción del hombre adulto. Scarlet se queda mirando la foto. El pequeño era su padre seguro.
- Esa foto es de mi familia, son mis padres y mi hermano Charley.
- Mamá me ha hablado de él, decía que fue persuadido por las Nubes Rojas y luchó a su lado.
- Eso es mentira. Mejor te cuento todo desde el principio:
Hace miles de años, cuando los elfos, enanos, magos y cualquier criatura mágica convivían con los humanos, un reloj fue forjado en las profundidades del monte Elios, propiedad de los elfos. Aquel reloj fue bañado en plata, marcado con el símbolo de la familia real élfica y dotada de un poder que sólo los herederos sabían. Fue pasando de generación en generación entre los descendientes hasta llegar a manos de la princesa Edriel, una joven con poderes extraordinarios. Edriel se enamoró de un humano, pero no de cualquier humano, sino de un Bórebar, uno de las grandes familias de humanos del mundo. Cegada por el amor y la pasión que le hacía sentir aquel hombre, renunció a su divinidad, se caso con aquel hombre de nombre Mathew y concibieron un hijo que no estaba permitido en este mundo. Los elfos rogaron para que su princesa volviera, mas ella no quiso escucharlos. Desesperados, declararon la guerra a los humanos, provocando así el terror entre los pueblos vecinos. Edriel, desconsolada por ver a sus dos familias declararse la guerra, se quitó la vida delante de ambos bandos. Su sangre llenó el campo de batalla haciendo que los elfos perdieran su divinidad al tocarla, ocasionando así una muerte segura. Viendo como su ejército moría, el rey elfo echó una maldición sobre la familia Bórebar, marcándolos con el sello de la familia real élfica en la muñeca derecha, una especie de enredadera entrelazada en sí misma. En un último suspiro marcó al marido de su hija y a su nieto con la rosa de mil espinas en dicha enredadera. Los Bórebar ganaron la batalla, siendo conocidos como los asesinos de los elfos y temidos durante siglos. Todos los herederos Bórebar poseen dicha enredadera en la muñeca, dando igual si fuese el pequeño o el mayor. El cuanto al reloj, fue dejado en la cuna del bebé antes de que Edriel se quitase la vida. EL reloj fue como una especie de trofeo y entregado al heredero. Aquel reloj que poseía unos poderes extraordinarios, pero que ningún Bórebar podía hacer funcionar. Sólo un heredero con el alma tan pura como la de un elfo podía hacerlo funcionar.
Fue pasando de generación en generación hasta que llegó a mis manos. Yo era el hijo menor de los líderes de la familia. Hace décadas la familia se unió a la familia Mason, convirtiéndose así en la familia protectora de la familia real del país. Una noche, cuando yo tenía siete años, la Nubes Rojas atacaron la villa donde se encontraba la familia real. Los Bórebar fueron a defender el palacio. Creyendo que nosotros éramos más que ellos pensamos que podríamos ganar. Pero estábamos muy equivocados. Todos murieron. Los únicos supervivientes fuimos mi hermano Charley y yo. Mientras yo fui escondido con Nick en el palacio junto a Sabrina, Charley fue secuestrado por las Nubes Rojas. El rey murió en la batalla junto a mi familia. Nick y yo nos quedamos junto a Sabrina, que se encargó de dirigir el reino. Años después, cuando cumplí los catorce años me fui de la ciudad en busca de Charley. Tras un largo viaje logré encontrarlo, pero la suerte no estaba de nuestro lado y mi hermano murió dos años después por culpa de una enfermedad. Con la esperanza de saber por qué asesinaron a mi familia, me quede con ellos sirviéndoles de cabecilla. Cuando cumplí los dieciocho años las Nubes Rojas decidieron volver a atacar. Tomaron las fronteras del país. De camino a la capital me encontré con tu madre, Rose. Ella pensó que era un traidor. Nos enzarzamos en una pelea ardua, que llegó a su fin cuando nos besamos. Pasamos una noche maravillosa, pero por la mañana no estaba por ninguna parte. Cuando me quise dar cuenta ya estaba en las puertas de la villa y comenzó la batalla. Duró varios meses. Al final encontré a tu madre, pero me despreció por completo. Cada una de sus palabras fueron como puñales clavándose en mi corazón. Cada una mentira. Cuando el ejército imperial venció de nuevo, me fui con las Nubes Rojas de nuevo, o lo que quedaba de ella. Estaba destrozado. Tiempo después supe que las Nubes Rojas habían asesinado a mi familia por mero capricho, para mejorar sus habilidades. De alguna forma conseguí escapar junto con mi grupo y nos convertimos en vagabundos que divagaban por el país, huyendo de la policía y sobreviviendo con lo justo. La vida no ha sido justa con nosotros. Ni con nuestra familia ni con mis compañeros. Ellos vinieron conmigo por pura lealtad y dejar de lado la vida de terroristas.
- Increíble. Simplemente increíble. – Mi cara es una mezcla de emociones juntas. Tristeza, furia, odio, felicidad, resentimiento, alegría… no sé cómo expresarlo sinceramente.
- Y eso es todo. – Me sonríe. No sé por qué me sonreía después de contarme todo lo que ha sufrido mi familia y en especial él. Lo único que puedo hacer es devolverle la sonrisa mientras una pequeña lágrima me recorre la mejilla.

28 de junio de 1992
Han pasado dos meses.
Dos meses alejada de mi madre, de mi hermano, de Dan, de las personas que quiero. Dos meses perdida por la montaña. Y sobre todo dos meses con mi padre. Cuando termine de recuperarme de mis heridas, me enseñó a usar aquel don, por así llamarlo que teníamos los Bórebar con las armas. Me enseñó a usar la espada, practicando día a día con ella. Y sobre todo a perfeccionar las técnicas con la pistola. Al haber pasado mi cumpleaños con él, no sabía que regalarme. Y lo único que encontró a mano fue su espada. Aquella que había matado a tantos, tanto inocentes como bandidos. Aquella que había estado manchada de sangre.
Al salir del cuarto pude ver a cada uno de los integrantes de la cuadrilla de mi padre. A la derecha, en la entrada de la cocina pude divisar a Sirius, un hombre de estatura media, extrovertido e hiperactivo. Tiene el pelo rubio, tan rubio que parece blanco. Siempre con una sonrisa en la cara, con esa dentadura tan blanca y afilada como la de un tiburón. Sus ojos grises y piel pálida. Cualquiera diría que era albino. Siempre iba acompañado de su espada. A su lado, dando gritos, se encontraba Kaena. Una mujer de cabello rojizo y gafas cuadradas color lila. Sus ojos de color marrón con un ligero toque rojo. Piel blanca y cuerpo esbelto. Parece mentira que hubiera pertenecido a las Nubes Rojas. Sigo caminando y me siento al lado de James en las butacas de la sala. James era un hombre alto y fuerte. Su pelo de color castaño y ojos azules. Su piel era bronceada y con alguna que otra cicatriz en los brazos. Le encantaba estar rodeado de animales. Es muy callado, introvertido, pero al estar conmigo le salía la típica vena paternal.
En la entrada de la casa se encontraba mi padre observando por la ventana. Me dirijo junto a él y me siento a su lado pensativa. El me mira de reojo y frunce el ceño.
- ¿En qué piensas? – me pregunta cogiendo una manzana de su bolsillo y dándole un mordisco.
- Nada – niego con la cabeza – solo recordaba el tiempo que llevo aquí.
- Será bueno ¿no? – pregunta con sarcasmo alzando una ceja.
- Claro, me encanta estar contigo. – Exclamo emocionada.
Él sonríe. Me encanta su sonrisa. Se parecen tanto mi hermano y él. Ojala estuvieses aquí Alex. Bajo la cabeza y vuelvo a mi posición pensativa.
De improvisto mi padre se levanta y se dirige a la entrada. Le miro extrañada. ¿A dónde se dirige? Suspiro y le sigo, mas él ya había desaparecido de mi vista. En la entrada de la cabaña puedo observar todo el paisaje. Un frondoso bosque se expande a lo lejos. A la derecha un lago, cayendo en él una cascada formando una atmosfera de tranquilidad y relajación. Probablemente mi padre se haya ido allí. Se encontraba escondida tras unos pinos, dándole así un aura de misterio. En la entrada de la casa hasta el inicio del bosque se encuentra una extensa zona de pasto donde practicamos.
A paso lento me dirijo por el pasto, dejando que el rocío de la mañana me empape los pies. Suelto un suspiro. Como voy a echar de menos este lugar cuando vuelva a la ciudad. Una vez más una lágrima intenta salir por mi ojo derecho. Últimamente estaba muy sensible. Un ruido proveniente de los arbustos cercanos me hace salir del trance y me pongo en guardia. Empuñando mi espada me dirijo a paso precavido hacia el origen del ruido. Cada vez estaba más cerca. Decidida salto hacia aquella masa negra que se encontraba detrás de los arbustos y lo arrincono entre el árbol y mi espada. A verlo detalladamente diviso una persona alta tapada de negro y con el uniforme del país, pero llevaba la cara tapada.
- ¿Scarlet? – Pregunta sorprendido. Me asusto. ¿Cómo sabe mi nombre? – Scar, soy yo.- Esa voz. Me suena demasiado. No puede ser.
- ¿Alex? ¿Hermano? – Pregunto confusa. El susodicho se quita la máscara. Ahí está, mi hermano. Y en ese instante siento que todo el mundo se me viene encima.

viernes, 22 de junio de 2012

El reloj de Plata: capítulo 2


Sabor a tierra y metal
Dos jóvenes se encontraban de camino hacia la salida del país junto a un escuadrón del ejército a sus espaldas.
Scarlet se encontraba inquieta en su asiento. No esperaba que Sabrina la hubiese entregado aquel extraño trozo de metal relleno de balas que le pesaba en el bolsillo. Según esta era por su seguridad.
¿Por su seguridad? Como era eso posible si ni siquiera sabía cómo se usaba. Un escalofrío la recorre la espina dorsal. Mira por la ventana. Ha empezado a llover de nuevo. Pudo distinguir a lo lejos una frondosa montaña que, poco  a poco, se iba acercando. Le resulta de lo más familiar y, a su vez, espeluznante. Tiene la sensación de haber estado allí, como si lo conociera, mas nunca había estado, pero se siente como en casa. Otro escalofrío le recorre el cuerpo.
Su hermano le mira extrañado, estaba como ida. La pregunta si pasa algo y ella negó con la cabeza esbozando una sonrisa que tranquiliza al mayor. Alex gira la cabeza hacia la ventana y la pequeña hace lo mismo. Se adentran en el bosque.
Llevaban un buen rato metidos en aquel frondoso bosque. Casi no se divisaba aquel hermoso paisaje que hacía unos minutos se observaba a la perfección. De repente, como un rallo, el coche se detiene. Los hermanos se miran extrañados. Alex, con el ceño fruncido, llama al chofer con voz grave, pero no obtuvo respuesta alguna. Y como un latigazo sonoro, un disparo se oyó en las proximidades del carro. Scarlet salta de su asiento mientras su corazón late a cien por hora. El mayor se levanta de su asiento y se dispone a salir. Mira a su hermana. Le indica con la mirada que no salga bajo ningún concepto. Ella solo asiente con la cabeza, intentando relajar los latidos de su corazón que cada vez bombeaba con más velocidad.
Alex, con espada en mano, desciende del coche recorriendo con la mirada el perímetro. De izquierda a derecha, muy lentamente observa lo sucedido. Cuan grata fue su sorpresa al encontrarse a la cuadrilla tirada en el suelo bajo un gran charco de sangre. Su cara forma una mueca de desagrado y tristeza al mismo tiempo. Le daban ganas de vomitar. Estaban todos muertos. Cierra los ojos por un instante, hasta que nota una presión en la parte trasera de su cabeza.
-Valla, valla. Mira lo que tenemos aquí. Así que tú eres el heredero de la dinastía Bórebar- La presión se hizo cada vez mayor. El heredero frunció más el ceño- Será un honor acabar contigo.- Alex no se movió. Cava su espada en el suelo, sube sus manos y cierra los ojos. Su cuerpo se relaja por completo. Se oye un disparo.

Scarlet abre los ojos sorprendida. Ha oído otro disparo. Un sudor frio le recorre la sien. Su corazón pronto se saldría de su pecho si sigue a esa frecuencia de pulsación. Sin meditarlo, sale disparada del coche con la cabeza agachada. Lo primero que divisa fue un gran charco de sangre en sus pies. Sube la mirada. Todos están en el suelo… ¿muertos? Si, era la palabra correcta. Su piel pálida se puso del color de la leche. Pálida como una fría noche de invierno en lo más alto de una montaña sin abrigo alguno. Su respiración entrecortada le hace difícil ver con claridad. Se está mareando.
-¡Scarlet!- un grito la hace volver a la realidad. La mirada de si hermano al otro lado del lugar es entre asustada y sorprendida. Se encuentra luchando frente a frente con un hombre de cara cubierta. Sus espadas forman un sonido metálico que retumba en sus oídos. Poco le importa, ya que un hombre de condiciones físicas extraordinarias le apuntaba con una pistola en la sien. Los ojos de la chica denotan miedo. Un miedo que le impedía moverse.
-Será mejor que no te muevas, así morirás más rápido. Mira que encontrarnos con los herederos de la dinastía Bórebar… ¡Nos ha tocado la lotería!- Reía de forma maliciosa, mostrando su blanca dentadura. Presiona más la pistola.
¿Éste era su final? ¿Así acabaría todo? Scarlet cerró los ojos con fuerza, esperando a que la bala entre en su cerebro destruyendo toda neurona a su paso. Pero nunca llega. Abre los ojos sorprendida encontrando a aquel hombre en el suelo retorciéndose de dolor y la pistola a su lado partida en dos, segmentada por la mitad del cañón. Levanta la vista y observa a su hermano jadeando a su lado, con la espada a la altura de su cabeza. Incorporándose mira a su hermana con mirada de reproche.
-Scarlet. Úsalo, es la única manera- Sale corriendo y se enfrenta a uno- no te puedo estar protegiendo constantemente.- Se agacha y esquiva a uno que le viene por el flanco derecho.
La menor saca de su bolsillo lo que horas atrás le había dado Sabrina. No sabe cómo se usa. Únicamente apunta y dispara. En el blanco. Abre los ojos y ve a uno de ellos tirado en el suelo con una bala incrustada en el cráneo entre ceja y ceja. Abre más los ojos desconcertada. Levanta la cabeza y se ve rodeada de más de media docena de dichos encapuchados. De repente su espalda choca con otra. Su hermano. Se siente protegida por dicha acción. Estaba muy nerviosa y a la vez asustada. Pero prosiguieron con la lucha. Scarlet sigue disparando mientras, Alex baila con su espada. La menor comienza a sentirse bien. Nunca se había sentido tan viva. Pero poco le dura la felicidad. Un quejido a su espalda la hace volverse, encontrándose a su hermano tirado en el suelo rodeado tras un charco de sangre que se hacía cada vez más grande. Desesperada, corre a socorrer a su hermano topándose con la herida de una bala en su estomago.
-Tu hermanito morirá en breves, una herida de ese calibre es muy jodida- sonríe con sarcasmo. La vuelve a apuntar- ahora seréis los dos los que muráis.- Dispara de nuevo. Scarlet se pune en medio de la bala y su hermano, recibiéndola con el hombro derecho. Le duele. Le duele y le escuece a horrores. Un dolor agudo y desagradable, seguido por un rio de sangre que le recorre el brazo.
-Estúpida, solo retrasarás lo evidente- Le apunta a la cabeza- Pero así mejor, moriréis más rápido. Despídete preciosa.- Se relame los labios.
Los ojos de la menor desprenden furia. Pronuncia algo apenas inaudible para aquellos que intentaban matarlos. Y como un guepardo, dispara lo más rápido que pudo, atravesando el cráneo del que le estaba apuntando. El cuerpo cae como un saco lleno de patatas, formando un sonido sordo y desagradable. Casi sin fuerzas, Scarlet se levanta buscando a cada uno de los que faltaban. Uno a uno va cayendo. Cada disparo era en el blanco. Cada uno certero. Nunca en su vida se imaginó haciendo esto. Su mente solo pensaba en acabar con aquellos que habían herido a su hermano. Y con el último disparo, en la nuca de un hombre de cabellos rojizos, acaba con lo que había comenzado.
Jadeaba como nunca lo había hecho. La herida en su hombro es profunda y la sangre sale a borbotones, nublándole la vista. Sus fuerzas fallan. Cae de rodillas, medio inconsciente. Pero antes de caer al suelo alguien la recoge.
-¿Estás bien?- No sabe quién es. Solo pudo divisar una mirada preocupada y unos ojos profundos de color negro.

Le duele todo el cuerpo. Cada una de sus extremidades siente una leve descarga cuando intenta moverse. Abre los ojos lentamente. Un fluorescente encima de su cabeza le impide abrir los ojos con normalidad. Un ligero aroma a desinfectante le inunda las fosas nasales. Cuando se le aclara la vista ve una habitación de color crema y unas sabanas de color blanco almidón le cubrían. Se encuentra en un hospital. Dirige su mirada hacia la ventana y divisa una mujer mirando por esta con cara preocupada.
-Mamá- Pronuncia con un hilo de voz.
La aludida se da la vuelta. Sus ojos estaban rojizos e hinchados. Se nota que ha estado llorando. Su labio tiembla levemente mientras intenta pronunciar alguna palabra. Se acerca al muchacho y le abraza fuertemente. Leves lágrimas salen de sus ojos y empapan la bata de hospital que posee él.
El muchacho, confundido, le pregunta el por qué de estar allí y por qué su madre lloraba.
- Alex - Toma aire - Uno de los soldados que fue contigo consiguió escapar del ataque y se refugió en una aldea cercana. Lo más rápido que pudo avisó a Sabrina y a Nick de lo que había sucedido. Un escuadrón salió en busca de vosotros, pero cuando llegaron ya fue tarde – Miles de lagrimas salieron de sus ojos, quebrándose su voz – te encontraron en muy mal estado. Casi te mueres… - se tapa la cara con ambas manos.
- Mamá y… ¿mi hermana? ¿Dónde está Scarlet? – Pregunto triste, mas no obtuvo respuesta. Se puso nervioso y gritó - ¡Mamá!
- Lo siento Alex, pero tu hermana no estaba contigo cuando te encontraron. – Las palabras se le ahogaron en la garganta.
- ¡Joder! ¡Malditas Nubes Rojas! ¡Los encontraré y los mataré a todos! – Pronuncia exaltado. Intenta levantarse forzosamente, pero un dolor agudo en el estómago le hace retroceder. Un color carmesí empezó a manchar las vendas. Maldijo por lo bajo.
- No te muevas Alex, aun no estás recuperado del todo. – Una rubia de edad avanzada entró en la habitación. – Ahora descansa, tu madre y yo tenemos que hablar.
- De acuerdo Sabrina. – Rose sale de la habitación junto a Sabrina. Alex no dijo nada. Voltea la cabeza hacia la ventana con el ceño fruncido. Se vengaría, juraba que se vengaría de aquel que le hiciera algo a su hermana. Bailaría sobre la tumba del que le pusiera la mano encima. Lo juraba.

Habían pasado ya dos semanas desde la desaparición de Scarlet. Dos semanas metidas en aquel maldito hospital. Dos semanas sin poder hacer nada. El moreno se sienta bruscamente sobre la cama. Poco le importa el dolor ocasionado. Solo quería salir de allí. Hoy era su cumpleaños. El cumpleaños de los dos. La echaba de menos. Un dolor agudo en el corazón le hace sujetarse la camisa a la altura del pecho. Muy a su pesar debe esperar. Esperar a alguna noticia que no termina por llegar.
Llaman a la puerta y una cabellera roja aparece por esta. Su madre. Al adentrarse en la habitación observa una tarta pequeña en sus brazos.
-Feliz cumpleaños, Alex. – Extiende los brazos con la tarta en estos. – Espero que te guste la tarta, la hemos hecho Heylie y yo. Ya sabes cómo es la madre de Daniel para los cumpleaños, y como no podemos hacerte una fiesta, te hicimos una pequeña tarta.
Alex mira a su madre, pero unos segundos después la retira mirando a la ventana. En un susurro pronuncia unas gracias casi inaudibles. Su madre suspira triste.
- Alex, se que echas de menos a Scarlet y que quieres salir lo antes posible de aquí. Pero todos estamos igual, créeme. – Una lagrima sale de sus ojos esmeralda.- Todos la echamos mucho de menos. - Alex se siente mal. Había hecho llorar a su madre de nuevo. Se levanta de la cama y la abraza.
- Lo siento mamá.- La abraza mas fuerte.- Te prometo que traeré a Scarlet de vuelta en cuanto me recupere – Esboza una sonrisa. Su madre le mira y sonríe igual.
Había que estar precavidos para lo que ocurriera. Alex mira por la ventana. Observa unos pájaros revolotear en el umbral de ésta. Era hermoso. Eran libres.
Ahora Alex tiene dieciséis años. Ahora puede ir a donde quisiese. Capitán de alto rango y juvenil. Es como ser un capitán del ejército mayor. Ahora no tiene ningún problema en ir a buscar a su hermana. La encontraría y la traería de vuelta.

Dos meses después del cumpleaños de los mellizos, Alex fue dado de alta el día anterior. A paso apresurado se dirigía a la torre de operaciones especiales donde se encuentra el rey.  Subiendo las escaleras de dos en dos llega delante de aquella puerta de madera antigua marcada con el símbolo de la familia real. Con dos toques, el rey le dio paso. Cuando entra divisa al hijo heredero del rey, Daniel. Con mirada extrañada, el rubio se posiciona al lado de su padre, esperando a que Alex hablara.
- Pero que sorpresa. Alexandre, ¿Qué te trae por aquí?- Pregunta el rey sorprendido.
- Rey Nicholas, solicito que me preste un escuadrón para ir en busca de mi hermana secuestrada, o desaparecida como decís vos.- Reprochó con voz grave.
- Me imaginé que vendrías a eso. – Se levanta del asiento – Por eso mismo mandé llamar a mi hijo.
- No creo que sea buena idea majestad. Daniel no está preparado para salir en ese tipo de misiones.
- Yo pienso todo lo contrario mi querido Alex. – Alex frunce el ceño. Odiaba que le llamaran así. – A decir verdad, Daniel tiene los requisitos esenciales. ¿Estás de acuerdo? – Le mira serio.
- Si, su majestad… - Hace una reverencia.
- ¡Bien entonces! Os espero mañana por la mañana en la entrada de la villa. Puedes retirarte.
Alex hace una reverencia y se dirige a la salida. Al llegar a la calle se da la vuelta al escuchar su nombre. Daniel. El muy idiota había salido corriendo detrás de él. Cuando toma aire se incorpora.
- ¿por qué no querías que fuera yo? – Le pregunta con reproche.
- Porque eres un incompetente que siempre me mete en líos – Le mira enfadado.
- Está bien, lo siento. Pero esta vez será diferente. Lo prometo. – Levanta el pulgar en señal de victoria. Nunca cambiaría. Alex se da la vuelta y se dirige a casa. Va a ser un viaje movidito.
- Espérame Scarlet. Voy en tu ayuda.

jueves, 17 de mayo de 2012

El Reloj de Plata: capítulo 1


26 de Abril de 1992

Lluvia. Era lo único que se veía desde hacía ya unos días. Aún se veían las pocas luces de las farolas a aquellas horas de la mañana. Las ocho en punto. Me levanto de la cama y me dirijo al cuarto de baño. Enciendo el grifo de la ducha. Espero a que el agua se caliente y me introduzco en ella. Dejo que el agua recorra mi piel haciendo que mis poros se abran, relajándome.
-¡Scarlet!- alguien me llama - son las ocho y cuarto, baja a desayunar.-
¿Tanto tiempo había estado aquí metida? Salgo de la ducha y me puse el uniforme lo más rápido que pude. Bajo las grandes escaleras de la casa y llego a la cocina tras un largo pasillo.
-¿Te has quedado dormida otra vez en la ducha? – me preguntó con sarcasmo el hombre de la casa.
-No bromees con migo Alex, no estoy de humor- Contesté con mala cara.
Me senté al lado de mi madre y desayuné lo más rápido que pude. Las ocho y media, hora de irse. Mi hermano se adelanta y coge su mochila. Yo por el contrario me levanto con cansancio, me coloco la falda y cojo mi bandolera. En la entrada nos despedimos de nuestra madre y nos dirigimos a la academia. No vivíamos muy lejos.
Tras diez minutos de travesía por la calle, llegamos a las puertas de la escuela militar, la Academia Bórebar. Esta academia lleva el nombre de mi familia ya que los Bórebar son la familia aliada del rey.
Siempre nos gustaba llegar pronto para así poder estar relajados, sin nadie que nos molestara. Nos gustaba la tranquilidad. El silencio. Hasta que sonaba la campana del inicio de las clases. Las nueve. Últimamente estábamos entrando más tarde de lo habitual. La guerra estaba cada vez más cerca. Las Nubes Rojas se movían con rapidez. A pesar de haber sido derrotadas hace años han vuelto a las andadas. Su dirigente se salvó por los pelos según los informes del despacho de mi madre y ha estado reuniendo personas durante estos últimos dieciséis años.
Mi cabeza estaba en otra parte, hasta que oí un timbre de voz un poco molesta.
-¡Alex!- le gritó una pija a mi hermano - ¿Vas a venir el sábado a mi fiesta? Como no tienes que patrullar ese día se me ocurrió que vinieras.-
Descerebrada.
Era la única palabra que aparecía en mi mente cada vez que la veía. Alicia Ross, la pija de la academia.
-Scarlet, no te había visto – Mentirosa. Como siempre se puso en las piernas de mi hermano y él sin inmutarse- ¿Cómo estás? Espero que no te ahogues como la última vez.-
Se me ocurrían un par de cosas para decirle a esa pija de pacotilla y rubia de bote. Pero para mi desgracia llegó la profesora.
-Buenos días alumnos – Nos saludó en estado neutro mientras atravesaba el aula, ya que la puerta estaba al final de la sala. Le saludamos de la misma forma.- Procederé a pasar lista.
Mi cabeza giró hacia la ventana. Había dejado de llover. Se podía ver como los pájaros salían de los huecos de los árboles para poder coger la comida. Era hermoso. Eran libres.
-Alexandre Bórebar- Mi hermano respondió con un simple sí. Siempre en su estado neutro. Eso las hacía enloquecer. No me extraña, era la viva imagen de mi padre según mi madre. Siempre que pasaba por delante del sexo opuesto las hacía derretirse en sus pies. Es alto, apuesto, cuerpo atlético, tez blanca… Era la viva imagen de un dios. Y eso que soy su hermana, llego a ser una de ellas y ya estaría obsesionada con él.
-Scarlet Bórebar- Giré mi cabeza hacia la profesora y respondí con un sí casi inaudible, pero que la profesora oyó perfectamente.
Yo era todo lo contrario. Era delgada, de estatura media y casi no tenía caderas. Lo único que tenía era mi mente y… bueno… una delantera como la de mi madre, ni muy grandes ni muy pequeños. Y no hablar de mi enfermedad. Por eso no me permitían realizar los ejercicios del ejército. Ningún contacto físico con las armas ni los soldados. Era injusto.
La profesora continuó con la lista mientras mi hermano me preguntaba con la mirada si me pasaba algo. Yo sólo negué con la cabeza. Cuando la profesora terminó, puso un ejercicio en la pizarra.
-Señorita Bórebar, salga a hacer el ejercicio.- Hice el amago de levantarme pero fue interrumpido.
-Espere profesora- Expresó una rubia.- No queremos que nuestra querida Scarlet se ahogue como la última vez ¿no?- Me miró de reojo sonriendo con picardía.
-Señorita Ross, haga el favor de guardar sus comentarios- Expresó la profesora enfadada.
-Pero es verdad- Me miró- siempre se ahoga por cualquier cosa.
La miré con odio. Los ojos me ardían. Como la odiaba. Todos se reían de mí, oía sus risas. Me levante y salí corriendo lo más rápido que pude de la clase. Las risas se iban disipando cada vez que me alejaba más de la clase. Me apoyé en la pared del final del pasillo y me fui deslizando hasta tocar el suelo. Empecé a llorar. No sabía cuánto tiempo había estado llorando, hasta que una dulce voz pronunció mi nombre. Levanté la mirada, encontrando delante de mí unos ojos color cielo.
-Dan…- pronuncié con un hilo de voz. Me levanté con rapidez y lo abracé. Él se sonrojó, lo noté. Me abrazó lentamente mientras yo hundía mi rostro en su cuello. Su cabello rubio me hacía cosquillas en la frente. Me acariciaba el pelo con el fin de tranquilizarme. Mis sollozos se disolvían.
-Scar, ¿qué te ha pasado?- preguntó aún abrazado a mí.
-No es nada, no te preocupes.- respondí alejándome de él secándome las lágrimas.
-Ha sido Alicia ¿cierto?- le miré sorprendida. Siempre acertaba.
-¿Cómo lo has sabido?- me separé de él por completo.
-Te conozco y sé que no lloras por cualquier cosa.-se sentó en el suelo. Me senté a su lado sin pronunciar palabra.- Veras como un día lo consigues.- él siempre sabía el porqué de mi llanto.
-No sé cómo- respondí con sarcasmo- con asma y con hemofilia se ve un poco difícil ¿no crees?-
-Bueno…- se quedó callado un segundo- Pero no hablemos de eso ¡deberías estar contenta!­- Le miré extrañado. No sabía de qué estaba hablando. Le pregunté con curiosidad de que se trataba.
Mi cumpleaños.
Eso era lo que le tenía tan emocionado. Miré el fluorescente que tenía encima de mi cabeza mientras él relataba las cosas que podíamos hacer en mi cumpleaños. Sin mi hermano… Espera ¿sin mi hermano? A Dan se le estaban yendo las cosas de las manos.
-Dan- le interrumpí- No hagas planes que luego no los podremos hacer. Lo nuestro acabó hace tiempo. Creí que lo habías superado.- Se quedo callado. Yo miraba al suelo. No le podía mirar a la cara, hasta que su mano cogió la mía. Levante la mirada y me encontré con sus ojos. Me sonrojé sin pensarlo. A pesar de que el timbre acababa de sonar seguíamos en la misma posición. Mirándonos a los ojos.
-¡Scarlet!- el grito de mi hermano al otro lado del pasillo me hizo salir de aquel paraíso del que creía que no iba a poder salir.
Me separe de Dan mirando hacia el lugar por donde venia mi hermano. Iba corriendo. Me abraza. Estaba preocupado por mí. Siempre lo estaba. Le hice entender que estaba bien. Sonrío. Me encantaba su sonrisa. A mí era una de las pocas personas a las que mostraba ese tipo de expresiones.
-Gracias Dan- Dijo mi hermano mientras posaba su mano en su hombreo derecho.  Mi hermano se adelanto unos segundos mientras yo me dirigía a Dan para darle un beso en la mejilla. Se sonrojó, como siempre.
La mañana pasó de lo más normal después de lo ocurrido. Al terminar las clases nos dirigimos a casa después de haber estado toda la mañana y parte de la tarde metidos en la academia. Todo estaba tranquilo hasta que el timbre de la puerta sonó. Oí como mi madre nos llamaba a mí y a mi hermano. Bajamos las escaleras y delante de nosotros estaba Sabrina, la tía abuela del rey Nicholas y profesora de medicina de mi madre.
-Sabrina, que honor teneros aquí- dije haciendo una reverencia mientras mi hermano solo saludaba con la cabeza.
-Muchachos, tengo que hablar con vosotros.- Nos miró seriamente. Su mirada era tan profunda a veces que daba miedo.
Nos indicó que nos fuéramos a la sala de estar para poder hablar más tranquilamente. Andábamos más lentos de lo normal o eso era mi impresión, pensando en que era eso tan importante que nos tenía que decir.
-Muchachos, como sabréis, sois los últimos de la generación de Bórebar  que queda en el mundo. Al ser la familia aliada del rey, tenéis responsabilidades que no podéis ignorar. Con esto os quiero decir que tenéis que realizar un viaje al país aliado de Europa del sur. Tenéis que entregar este pergamino.
-Perdone que la interrumpa, pero somos niños. No nos está permitido salir del país solos- expresó mi hermano mirándonos a todos. Tenía razón en ese aspecto y mucho más ahora que la guerra estaba próxima.
-Es cierto, pero por eso mismo tenéis que ir vosotros- la miramos extrañados- sois Bórebar. Si os dejarán, no os preocupéis.
-Con mis más sinceros respetos Sabrina, pero no puedo permitir que envíes a dos jóvenes al país aliado solos ¿recuerdas que estamos casi en guerra?- contraatacó mi madre exaltada.
-Tranquila Rose, no irán solos. Un escuadrón del ejército dirigido por Alex les acompañará.
Mi madre bajó la mirada. No quería que nos pasara algo, lo intuía. La cogí de la mano y la dije que no se preocupara, que mi hermano me protegería pasara lo que pasara. Ella comprendía la expresión de mi cara. Quería salir de allí y gritar a los cuatro vientos todo lo que tenía dentro.
-Está bien hija. Cuídate y ten cuidado.-Me cogió la mano en señal de protección.
-Pero antes tengo que contaros otra cosa. Cuando lleguéis al país, tenéis que hacer saber que sois Bórebar. Para ello tenéis que enseñar la marca de nacimiento que tenéis en vuestro brazo izquierdo.- Mire mi muñeca sin pensarlo, fue un auto reflejo. Esta marca la tienen todos los Bórebar en la muñeca del brazo izquierdo. Una especie de enredadera que se enreda en sí misma, excepto en los herederos que tenían al final una rosa. Mi hermano y yo la teníamos en consecuencia de nuestro padre.
Mi hermano asintió de forma relajada, siempre lo hacía.
-Muy bien chicos, os espero en la entrada de la villa en la mañana.- Asentimos. Yo estaba muy ilusionada. No todos los días podías salir del país. Pero no sabíamos que ese viaje nos tocaría a todos de distinta manera y que nos cambiaría de por vida
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Mi nueva inspiración: si te caes siempre tendrás a tus amigos para ayudarte a levantar, aun que tropieces mas de una ver con la misma piedra.
Nunca olvides que los mejores amigos se cuentan con los dedos de la mano y que si alguna vez necesitas consuelo, estarán allí, para ti.
Los amigos están en lo bueno y en lo malo, aun a pesar de las distancias, si son de verdad, siempre estarán allí.

miércoles, 11 de enero de 2012

¡Qué sorpresa la mía!

No hace mucho, creo que dos días atrás, una amiga mía del instituto me comentó una cosa que me dejó claramente sorprendida. Me decía que mi profesor de filosofía andaba buscando una chica que le escribió un poema hace cosa de un año y que le había traído felicidad. Ese poema trataba del amor y del sentido que da el amor a esa persona y al simple hecho de que el amor es como un consejo para que sobrelleves tu vida.
Esa chica... era yo.
Claramente, me fui con ella a visitar a mi profesor y decirle que era yo la que le había dado el poema. Era para expresarme y para que supiese que el amor es muchas cosas. Él me agradeció que le hubiera entregado dicho poema y que se sentía muy feliz de que alguien tuviera el valor de expresarse de esa manera.
Y como recompensa nos invitó a un café a las dos.
Me siento realmente dichosa de ser como soy, y de que por fin alguien tenga en cuenta mis sentimientos y de que me guste escribir.
Por último, pero no menos importante, aclarar que dicho poema no es mas que una canción que escribí hace cuatro años una noche de verano, frente a la playa y con la brisa marina acariciándome la cara. Fue mi inspiración.
Gracias Jesús, por hacer que me sienta bien y que por fin haya ayudado a alguien a ser feliz. Muchas gracias!