26 de Abril de 1992
Lluvia. Era lo único que se veía desde hacía ya unos días.
Aún se veían las pocas luces de las farolas a aquellas horas de la mañana. Las
ocho en punto. Me levanto de la cama y me dirijo al cuarto de baño. Enciendo el
grifo de la ducha. Espero a que el agua se caliente y me introduzco en ella.
Dejo que el agua recorra mi piel haciendo que mis poros se abran, relajándome.
-¡Scarlet!- alguien me llama - son las ocho y cuarto, baja a
desayunar.-
¿Tanto tiempo había estado aquí metida? Salgo de la ducha y
me puse el uniforme lo más rápido que pude. Bajo las grandes escaleras de la
casa y llego a la cocina tras un largo pasillo.
-¿Te has quedado dormida otra vez en la ducha? – me preguntó
con sarcasmo el hombre de la casa.
-No bromees con migo Alex, no estoy de humor- Contesté con
mala cara.
Me senté al lado de mi madre y desayuné lo más rápido que
pude. Las ocho y media, hora de irse. Mi hermano se adelanta y coge su mochila.
Yo por el contrario me levanto con cansancio, me coloco la falda y cojo mi
bandolera. En la entrada nos despedimos de nuestra madre y nos dirigimos a la
academia. No vivíamos muy lejos.
Tras diez minutos de travesía por la calle, llegamos a las
puertas de la escuela militar, la Academia Bórebar. Esta academia lleva el
nombre de mi familia ya que los Bórebar son la familia aliada del rey.
Siempre nos gustaba llegar pronto para así poder estar
relajados, sin nadie que nos molestara. Nos gustaba la tranquilidad. El
silencio. Hasta que sonaba la campana del inicio de las clases. Las nueve.
Últimamente estábamos entrando más tarde de lo habitual. La guerra estaba cada
vez más cerca. Las Nubes Rojas se movían con rapidez. A pesar de haber sido
derrotadas hace años han vuelto a las andadas. Su dirigente se salvó por los
pelos según los informes del despacho de mi madre y ha estado reuniendo
personas durante estos últimos dieciséis años.
Mi cabeza estaba en otra parte, hasta que oí un timbre de voz
un poco molesta.
-¡Alex!- le gritó una pija a mi hermano - ¿Vas a venir el
sábado a mi fiesta? Como no tienes que patrullar ese día se me ocurrió que
vinieras.-
Descerebrada.
Era la única palabra que aparecía en mi mente cada vez que la
veía. Alicia Ross, la pija de la academia.
-Scarlet, no te había visto – Mentirosa. Como siempre se puso
en las piernas de mi hermano y él sin inmutarse- ¿Cómo estás? Espero que no te
ahogues como la última vez.-
Se me ocurrían un par de cosas para decirle a esa pija de
pacotilla y rubia de bote. Pero para mi desgracia llegó la profesora.
-Buenos días alumnos – Nos saludó en estado neutro mientras
atravesaba el aula, ya que la puerta estaba al final de la sala. Le saludamos
de la misma forma.- Procederé a pasar lista.
Mi cabeza giró hacia la ventana. Había dejado de llover. Se
podía ver como los pájaros salían de los huecos de los árboles para poder coger
la comida. Era hermoso. Eran libres.
-Alexandre Bórebar- Mi hermano respondió con un simple sí.
Siempre en su estado neutro. Eso las hacía enloquecer. No me extraña, era la
viva imagen de mi padre según mi madre. Siempre que pasaba por delante del sexo
opuesto las hacía derretirse en sus pies. Es alto, apuesto, cuerpo atlético,
tez blanca… Era la viva imagen de un dios. Y eso que soy su hermana, llego a
ser una de ellas y ya estaría obsesionada con él.
-Scarlet Bórebar- Giré mi cabeza hacia la profesora y
respondí con un sí casi inaudible, pero que la profesora oyó perfectamente.
Yo era todo lo contrario. Era delgada, de estatura media y
casi no tenía caderas. Lo único que tenía era mi mente y… bueno… una delantera
como la de mi madre, ni muy grandes ni muy pequeños. Y no hablar de mi
enfermedad. Por eso no me permitían realizar los ejercicios del ejército.
Ningún contacto físico con las armas ni los soldados. Era injusto.
La profesora continuó con la lista mientras mi hermano me
preguntaba con la mirada si me pasaba algo. Yo sólo negué con la cabeza. Cuando
la profesora terminó, puso un ejercicio en la pizarra.
-Señorita Bórebar, salga a hacer el ejercicio.- Hice el amago
de levantarme pero fue interrumpido.
-Espere profesora- Expresó una rubia.- No queremos que
nuestra querida Scarlet se ahogue como la última vez ¿no?- Me miró de reojo
sonriendo con picardía.
-Señorita Ross, haga el favor de guardar sus comentarios-
Expresó la profesora enfadada.
-Pero es verdad- Me miró- siempre se ahoga por cualquier
cosa.
La miré con odio. Los ojos me ardían. Como la odiaba. Todos
se reían de mí, oía sus risas. Me levante y salí corriendo lo más rápido que
pude de la clase. Las risas se iban disipando cada vez que me alejaba más de la
clase. Me apoyé en la pared del final del pasillo y me fui deslizando hasta
tocar el suelo. Empecé a llorar. No sabía cuánto tiempo había estado llorando,
hasta que una dulce voz pronunció mi nombre. Levanté la mirada, encontrando
delante de mí unos ojos color cielo.
-Dan…- pronuncié con un hilo de voz. Me levanté con rapidez y
lo abracé. Él se sonrojó, lo noté. Me abrazó lentamente mientras yo hundía mi
rostro en su cuello. Su cabello rubio me hacía cosquillas en la frente. Me
acariciaba el pelo con el fin de tranquilizarme. Mis sollozos se disolvían.
-Scar, ¿qué te ha pasado?- preguntó aún abrazado a mí.
-No es nada, no te preocupes.- respondí alejándome de él
secándome las lágrimas.
-Ha sido Alicia ¿cierto?- le miré sorprendida. Siempre
acertaba.
-¿Cómo lo has sabido?- me separé de él por completo.
-Te conozco y sé que no lloras por cualquier cosa.-se sentó
en el suelo. Me senté a su lado sin pronunciar palabra.- Veras como un día lo
consigues.- él siempre sabía el porqué de mi llanto.
-No sé cómo- respondí con sarcasmo- con asma y con hemofilia
se ve un poco difícil ¿no crees?-
-Bueno…- se quedó callado un segundo- Pero no hablemos de eso
¡deberías estar contenta!- Le miré extrañado. No sabía de qué estaba hablando.
Le pregunté con curiosidad de que se trataba.
Mi cumpleaños.
Eso era lo que le tenía tan emocionado. Miré el fluorescente
que tenía encima de mi cabeza mientras él relataba las cosas que podíamos hacer
en mi cumpleaños. Sin mi hermano… Espera ¿sin mi hermano? A Dan se le estaban
yendo las cosas de las manos.
-Dan- le interrumpí- No hagas planes que luego no los
podremos hacer. Lo nuestro acabó hace tiempo. Creí que lo habías superado.- Se
quedo callado. Yo miraba al suelo. No le podía mirar a la cara, hasta que su
mano cogió la mía. Levante la mirada y me encontré con sus ojos. Me sonrojé sin
pensarlo. A pesar de que el timbre acababa de sonar seguíamos en la misma
posición. Mirándonos a los ojos.
-¡Scarlet!- el grito de mi hermano al otro lado del pasillo
me hizo salir de aquel paraíso del que creía que no iba a poder salir.
Me separe de Dan mirando hacia el lugar por donde venia mi
hermano. Iba corriendo. Me abraza. Estaba preocupado por mí. Siempre lo estaba.
Le hice entender que estaba bien. Sonrío. Me encantaba su sonrisa. A mí era una
de las pocas personas a las que mostraba ese tipo de expresiones.
-Gracias Dan- Dijo mi hermano mientras posaba su mano en su
hombreo derecho. Mi hermano se adelanto
unos segundos mientras yo me dirigía a Dan para darle un beso en la mejilla. Se
sonrojó, como siempre.
La mañana pasó de lo más normal después de lo ocurrido. Al
terminar las clases nos dirigimos a casa después de haber estado toda la mañana
y parte de la tarde metidos en la academia. Todo estaba tranquilo hasta que el
timbre de la puerta sonó. Oí como mi madre nos llamaba a mí y a mi hermano.
Bajamos las escaleras y delante de nosotros estaba Sabrina, la tía abuela del
rey Nicholas y profesora de medicina de mi madre.
-Sabrina, que honor teneros aquí- dije haciendo una
reverencia mientras mi hermano solo saludaba con la cabeza.
-Muchachos, tengo que hablar con vosotros.- Nos miró
seriamente. Su mirada era tan profunda a veces que daba miedo.
Nos indicó que nos fuéramos a la sala de estar para poder
hablar más tranquilamente. Andábamos más lentos de lo normal o eso era mi
impresión, pensando en que era eso tan importante que nos tenía que decir.
-Muchachos, como sabréis, sois los últimos de la generación
de Bórebar que queda en el mundo. Al ser
la familia aliada del rey, tenéis responsabilidades que no podéis ignorar. Con
esto os quiero decir que tenéis que realizar un viaje al país aliado de Europa
del sur. Tenéis que entregar este pergamino.
-Perdone que la interrumpa, pero somos niños. No nos está
permitido salir del país solos- expresó mi hermano mirándonos a todos. Tenía
razón en ese aspecto y mucho más ahora que la guerra estaba próxima.
-Es cierto, pero por eso mismo tenéis que ir vosotros- la
miramos extrañados- sois Bórebar. Si os dejarán, no os preocupéis.
-Con mis más sinceros respetos Sabrina, pero no puedo
permitir que envíes a dos jóvenes al país aliado solos ¿recuerdas que estamos
casi en guerra?- contraatacó mi madre exaltada.
-Tranquila Rose, no irán solos. Un escuadrón del ejército
dirigido por Alex les acompañará.
Mi madre bajó la mirada. No quería que nos pasara algo, lo
intuía. La cogí de la mano y la dije que no se preocupara, que mi hermano me
protegería pasara lo que pasara. Ella comprendía la expresión de mi cara.
Quería salir de allí y gritar a los cuatro vientos todo lo que tenía dentro.
-Está bien hija. Cuídate y ten cuidado.-Me cogió la mano en
señal de protección.
-Pero antes tengo que contaros otra cosa. Cuando lleguéis al
país, tenéis que hacer saber que sois Bórebar. Para ello tenéis que enseñar la
marca de nacimiento que tenéis en vuestro brazo izquierdo.- Mire mi muñeca sin
pensarlo, fue un auto reflejo. Esta marca la tienen todos los Bórebar en la
muñeca del brazo izquierdo. Una especie de enredadera que se enreda en sí
misma, excepto en los herederos que tenían al final una rosa. Mi hermano y yo
la teníamos en consecuencia de nuestro padre.
Mi hermano asintió de forma relajada, siempre lo hacía.
-Muy bien chicos, os espero en la entrada de la villa
en la mañana.- Asentimos. Yo estaba muy ilusionada. No todos los días podías
salir del país. Pero no sabíamos que ese viaje nos tocaría a todos de distinta
manera y que nos cambiaría de por vida.
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Mi nueva inspiración: si te caes siempre tendrás a tus amigos para ayudarte a levantar, aun que tropieces mas de una ver con la misma piedra.
Nunca olvides que los mejores amigos se cuentan con los dedos de la mano y que si alguna vez necesitas consuelo, estarán allí, para ti.
Los amigos están en lo bueno y en lo malo, aun a pesar de las distancias, si son de verdad, siempre estarán allí.
