sábado, 30 de junio de 2012

El reloj de Plata: capítulo 3


La vista nublada

30 de Abril de 1992
Me despierto con un ligero olor a humedad mezclado con putrefacción. Mi vista se va aclarando a la poca luz que iluminaba aquel lugar. Pude ver una extraña mesilla echa de un tronco al lado de la cama medio rota. Una pequeña lámpara ilumina el lugar. Las paredes parecen estar echas de roca o la misma roca formando un hoyo enorme para formar una habitación. ¿Dónde estoy? Intento levantarme, pero un profundo dolor en el hombro izquierdo me hace detenerme. Un gemido de dolor sale de mis labios y me vuelvo a recostar. Al levantarme la manga izquierda puedo ver como mi hombro y parte del pecho estaban cubiertos por una especie de venda. Una pequeña mancha de color rojo se iba agrandando poco a poco. Me asusto. Si no para me desangraría.
- No deberías de haberte movido, ¿sabes? – Pronuncia una voz al fondo de aquella extraña habitación. La silueta de un hombre de no más de treinta años se acerca a mí. Pude distinguir una cabellera negra y unos ojos de un extraño negro azabache. Me suena demasiado. El hombre se sienta a mi lado y me da una especie de ampolla para que me la tome. Le miro desconfiadamente durante un rato. Su mirada no cambia ni un ápice. Profunda y decidida. Finalmente cojo aquel bote. Lo abro con cuidado y dejo que aquel extraño líquido recorra mi garganta. Está amarga, muy amarga. Mi cara muestra una mueca de desagrado y toso al instante.
- Esto esta asqueroso… ¿qué era eso? – pregunto con aquel sabor todavía recorriéndome la boca.
- Una ampolla de sangre. Te ayudará a coagular. – Pronuncia indiferente.
- ¿Existen ese tipo de cosas? – Pregunto desconcertada.
- Sólo para los soldados. Para que no se desangren en combate. – responde de la misma manera.
Me quedo callada. Al ser la luz tenue, solo puedo distinguir unas pocas facciones. Su cara blanca, nívea, prácticamente intocable, exceptuando una gran cicatriz que le recorre la yugular. Probablemente de algún combate. Sigo con la mirada sus acciones. Al pasarse la mano por el cabello diviso otra cicatriz en la parte interna de la muñeca. ¿Suicidio? Probablemente. Se revuelve el cabello con insistencia. Parece intranquilo. Un sonido fuera del cuarto le hace voltearse. Frunce el ceño y sale gruñendo. Me quedo estática en el sitio. Personaje raro, muy raro. Pero tenía un ligero parecido una persona muy conocida. Me suena de haberlo visto en algún otro sitio.
Me acuesto de nuevo y miro lo que parece el techo. Una gran mancha de humedad se encuentra ahí. Empiezo a imaginarme cosas. Al principio no parece nada, pero al rato consigo distinguir un gato gordo asustado. Suelto una carcajada. Que imaginación la mía. Otro golpe procedente fuera del cuarto me asusta. De repente una silueta delgada y de estatura media atraviesa el cuarto con una gran bandeja. Mi cara es de completo asombro.
- ¿Ya estás despierta, preciosa? – La voz de un hombre. Una cabellera larga se menea detrás de su cabeza amarrada a una coleta. – Te traje algo de comer, estarás hambrienta. Llevas tres días durmiendo – Oigo una risa. Al posicionarme la bandeja encima puedo divisar una gran sonrisa. Bajo la mirada hacia la bandeja. ¡Madre mía! Eso era un banquete. Un gran cuenco de sopa de picadillo me inunda las fosas nasales. Olía de maravilla. Un gran plato de huevos revueltos con setas y un gran filete de no sé qué, pero que parecía apetitoso. Una especia de crema de calabaza con picatostes y un cuenco lleno de fruta fresca. Se me hace la boca agua. Oigo otra risa. Tal vez mi cara parecía una hiena deseosa de comida. Cierro la boca y lo miro a los ojos. Grises. Una mirada gris y sonriente.
- Espero que te guste. Vuelvo en un rato y espero que te lo hayas comido todo. - ¿Y esas confianzas? Frunzo el ceño. Dirijo de nuevo la mirada hacia la comida una vez que la puerta se ha cerrado. En verdad tiene muy buena pinta. Cojo la cuchara y pruebo un poco de la sopa. Mi mirada se agranda, estaba riquísima. Y sin previo aviso comienzo a devorar todo lo de la bandeja.

Dos horas después, la bandeja se encuentra en la mesilla y mi cuerpo recontado en la cama, apoyada en mi brazo derecho. Me empieza a doler el brazo izquierdo y agarro mi collar. Empiezo a tener miedo. Hermano, ¿dónde estás? Te echo de menos. Aprieto más el collar y una pequeña lágrima sale de mis ojos.
- ¿Por qué lloras? – Una mirada penetrante me mira desde la puerta. Aparto la mirada y me seco las lágrimas. Se acerca a mí y se sienta a mi lado. Me hace verlo agarrándome del mentón. Me recorre la cara con su mano, acariciándome. Me relajo y cierro los ojos. – una chica tan linda como tú no debería llorar – Y le vi sonreír por primera vez. Me sonrojo.
- Gracias… - Pronuncio avergonzada. Una pregunta me recorre la cabeza. No sé cómo se llama. Le miro decidida. – Oye… - Me mira confundido – Al menos podrías decirme tu nombre. No te he podido agradecer la ayuda.
- Yo tampoco se el tuyo y no digo nada – Arquea la ceja derecha.
- Lo sé, pero… Mira te digo el mío y tú me dices el tuyo
- Si no hay más remedio – Dice con indiferencia. Este hombre es bipolar.
- Mi nombre es Scarlet. Scarlet Bórebar.
- Eso es imposible. – Se levanta de golpe con cara sorprendida y la mano apoyada en su boca. - Todos los Bórebar están muertos.
- Bueno… mi hermano y yo somos los únicos que quedan. – me mira sorprendido. Se acerca rápido y me coge de la cara. Me mira penetrante. Y se aleja de repente.
- ¿Quién es tu madre? – Me pregunta dándose la vuelta. Yo bajo la mirada.
- Rose Reed… ¿la conoces? – Me vuelve a mirar sorprendido. – Voy a cumplir 16 años dentro de una semana y media. – Bajo la mirada. Y me abraza desesperado. Me vuelve a agarrar la cara suavemente.
- Te pareces tanto a ella. – Dice en un susurro. – Nunca pensé que estuviera embarazada – Me sigue acariciando la cara. Y de repente, como un rayo la imagen de una fotografía en el despacho de mi madre me hace reaccionar. Una fotografía vieja y pegada a un expediente de hace veinte años. Esas facciones, ese pelo, esos ojos. Una lágrima sale de mis ojos y muere en su mano. Me tiembla el labio ligeramente.
- Max – Pronuncio en un susurro – papá… - me abrazo a él fuertemente. Y una extraña sensación de estar en casa me llena el cuerpo.
Al día siguiente me encuentro mucho mejor. Esperando que nada de lo ocurrido hubiera sido un sueño. Me levanto de la cama y ando un rato. Una sensación de vértigo me recorre. Sigo mareada. Me agarro a la pared. Un toque en la puerta me hace volver. Una cabellera negra se asoma por el umbral de la puerta. Una sonrisa se forma en mis labios y salgo corriendo a abrazarlo. Él me corresponde cálidamente. Estamos así un rato hasta que otra sensación de mareo me recorre. Malditos mareos, siempre arruinando los momentos especiales. Cierro los ojos con fuerza esperando a que se pase.
- ¿Estás bien? – Pronuncia asustado.
- Si, solo es un mareo. – Intento sonreír. Me lleva hasta la cama y me acuesta. Me acaricia la cabeza y me da un beso en la frente.
- Papá… - Intento hablar pero me interrumpe.
- ¿Sabes? Se me hace raro que me llames así – Le miro triste – pero es una sensación agradable. – Me mira sonriente y le correspondo.
- Oye papá, cuéntame la historia de la familia.
- ¿A qué viene eso ahora? – Me pregunta sorprendido.
- Bueno, es que mamá nunca me lo ha contado y Nick es demasiado entusiasta y de seguro que se lo inventa.
- ¿Nick? ¿El idiota? – Se ríe. Le miro extrañado. – Así es como le llamaba cuando éramos pequeños. Así que Sabrina le dejo reinar. – Se apoya en la pared. Una sensación de bienestar me recorre el cuerpo.
-Bueno, ¿me lo vas a contar o qué? –Le miro con cara enfadada.
-De acuerdo de acuerdo. Pero es un tanto larga.
-¿Por qué es larga? – pregunto sorprendida.
- Por que todo es debido a esto – De su bolsillo saca un reloj viejo de bolsillo. Lo limpia un poco y me lo entrega. Era de plata. Un precioso color plateado la rodea, con el símbolo familiar gravado en la tapa. No es más grande de mi mano y de él cuelga una cadena. Al abrirlo se ve las manillas del reloj, también de plata, pero no se mueve, está parado. En la tapa se encuentra una foto de una familia. Un hombre de gran porte, con un uniforme del ejército, probablemente de comandante, alto y con facciones latinas. A su lado una mujer hermosa, de cabello largo y oscuro, tez blanca y cuidada. A su lado un niño de unos diez años de edad. Cabello largo hasta los hombros, negro. Era alto. Al lado de éste, un niño de aproximadamente cinco años. Cabello corto y negro, con un pequeño gato en brazos. Sonreía. Más bien todos sonreían, a excepción del hombre adulto. Scarlet se queda mirando la foto. El pequeño era su padre seguro.
- Esa foto es de mi familia, son mis padres y mi hermano Charley.
- Mamá me ha hablado de él, decía que fue persuadido por las Nubes Rojas y luchó a su lado.
- Eso es mentira. Mejor te cuento todo desde el principio:
Hace miles de años, cuando los elfos, enanos, magos y cualquier criatura mágica convivían con los humanos, un reloj fue forjado en las profundidades del monte Elios, propiedad de los elfos. Aquel reloj fue bañado en plata, marcado con el símbolo de la familia real élfica y dotada de un poder que sólo los herederos sabían. Fue pasando de generación en generación entre los descendientes hasta llegar a manos de la princesa Edriel, una joven con poderes extraordinarios. Edriel se enamoró de un humano, pero no de cualquier humano, sino de un Bórebar, uno de las grandes familias de humanos del mundo. Cegada por el amor y la pasión que le hacía sentir aquel hombre, renunció a su divinidad, se caso con aquel hombre de nombre Mathew y concibieron un hijo que no estaba permitido en este mundo. Los elfos rogaron para que su princesa volviera, mas ella no quiso escucharlos. Desesperados, declararon la guerra a los humanos, provocando así el terror entre los pueblos vecinos. Edriel, desconsolada por ver a sus dos familias declararse la guerra, se quitó la vida delante de ambos bandos. Su sangre llenó el campo de batalla haciendo que los elfos perdieran su divinidad al tocarla, ocasionando así una muerte segura. Viendo como su ejército moría, el rey elfo echó una maldición sobre la familia Bórebar, marcándolos con el sello de la familia real élfica en la muñeca derecha, una especie de enredadera entrelazada en sí misma. En un último suspiro marcó al marido de su hija y a su nieto con la rosa de mil espinas en dicha enredadera. Los Bórebar ganaron la batalla, siendo conocidos como los asesinos de los elfos y temidos durante siglos. Todos los herederos Bórebar poseen dicha enredadera en la muñeca, dando igual si fuese el pequeño o el mayor. El cuanto al reloj, fue dejado en la cuna del bebé antes de que Edriel se quitase la vida. EL reloj fue como una especie de trofeo y entregado al heredero. Aquel reloj que poseía unos poderes extraordinarios, pero que ningún Bórebar podía hacer funcionar. Sólo un heredero con el alma tan pura como la de un elfo podía hacerlo funcionar.
Fue pasando de generación en generación hasta que llegó a mis manos. Yo era el hijo menor de los líderes de la familia. Hace décadas la familia se unió a la familia Mason, convirtiéndose así en la familia protectora de la familia real del país. Una noche, cuando yo tenía siete años, la Nubes Rojas atacaron la villa donde se encontraba la familia real. Los Bórebar fueron a defender el palacio. Creyendo que nosotros éramos más que ellos pensamos que podríamos ganar. Pero estábamos muy equivocados. Todos murieron. Los únicos supervivientes fuimos mi hermano Charley y yo. Mientras yo fui escondido con Nick en el palacio junto a Sabrina, Charley fue secuestrado por las Nubes Rojas. El rey murió en la batalla junto a mi familia. Nick y yo nos quedamos junto a Sabrina, que se encargó de dirigir el reino. Años después, cuando cumplí los catorce años me fui de la ciudad en busca de Charley. Tras un largo viaje logré encontrarlo, pero la suerte no estaba de nuestro lado y mi hermano murió dos años después por culpa de una enfermedad. Con la esperanza de saber por qué asesinaron a mi familia, me quede con ellos sirviéndoles de cabecilla. Cuando cumplí los dieciocho años las Nubes Rojas decidieron volver a atacar. Tomaron las fronteras del país. De camino a la capital me encontré con tu madre, Rose. Ella pensó que era un traidor. Nos enzarzamos en una pelea ardua, que llegó a su fin cuando nos besamos. Pasamos una noche maravillosa, pero por la mañana no estaba por ninguna parte. Cuando me quise dar cuenta ya estaba en las puertas de la villa y comenzó la batalla. Duró varios meses. Al final encontré a tu madre, pero me despreció por completo. Cada una de sus palabras fueron como puñales clavándose en mi corazón. Cada una mentira. Cuando el ejército imperial venció de nuevo, me fui con las Nubes Rojas de nuevo, o lo que quedaba de ella. Estaba destrozado. Tiempo después supe que las Nubes Rojas habían asesinado a mi familia por mero capricho, para mejorar sus habilidades. De alguna forma conseguí escapar junto con mi grupo y nos convertimos en vagabundos que divagaban por el país, huyendo de la policía y sobreviviendo con lo justo. La vida no ha sido justa con nosotros. Ni con nuestra familia ni con mis compañeros. Ellos vinieron conmigo por pura lealtad y dejar de lado la vida de terroristas.
- Increíble. Simplemente increíble. – Mi cara es una mezcla de emociones juntas. Tristeza, furia, odio, felicidad, resentimiento, alegría… no sé cómo expresarlo sinceramente.
- Y eso es todo. – Me sonríe. No sé por qué me sonreía después de contarme todo lo que ha sufrido mi familia y en especial él. Lo único que puedo hacer es devolverle la sonrisa mientras una pequeña lágrima me recorre la mejilla.

28 de junio de 1992
Han pasado dos meses.
Dos meses alejada de mi madre, de mi hermano, de Dan, de las personas que quiero. Dos meses perdida por la montaña. Y sobre todo dos meses con mi padre. Cuando termine de recuperarme de mis heridas, me enseñó a usar aquel don, por así llamarlo que teníamos los Bórebar con las armas. Me enseñó a usar la espada, practicando día a día con ella. Y sobre todo a perfeccionar las técnicas con la pistola. Al haber pasado mi cumpleaños con él, no sabía que regalarme. Y lo único que encontró a mano fue su espada. Aquella que había matado a tantos, tanto inocentes como bandidos. Aquella que había estado manchada de sangre.
Al salir del cuarto pude ver a cada uno de los integrantes de la cuadrilla de mi padre. A la derecha, en la entrada de la cocina pude divisar a Sirius, un hombre de estatura media, extrovertido e hiperactivo. Tiene el pelo rubio, tan rubio que parece blanco. Siempre con una sonrisa en la cara, con esa dentadura tan blanca y afilada como la de un tiburón. Sus ojos grises y piel pálida. Cualquiera diría que era albino. Siempre iba acompañado de su espada. A su lado, dando gritos, se encontraba Kaena. Una mujer de cabello rojizo y gafas cuadradas color lila. Sus ojos de color marrón con un ligero toque rojo. Piel blanca y cuerpo esbelto. Parece mentira que hubiera pertenecido a las Nubes Rojas. Sigo caminando y me siento al lado de James en las butacas de la sala. James era un hombre alto y fuerte. Su pelo de color castaño y ojos azules. Su piel era bronceada y con alguna que otra cicatriz en los brazos. Le encantaba estar rodeado de animales. Es muy callado, introvertido, pero al estar conmigo le salía la típica vena paternal.
En la entrada de la casa se encontraba mi padre observando por la ventana. Me dirijo junto a él y me siento a su lado pensativa. El me mira de reojo y frunce el ceño.
- ¿En qué piensas? – me pregunta cogiendo una manzana de su bolsillo y dándole un mordisco.
- Nada – niego con la cabeza – solo recordaba el tiempo que llevo aquí.
- Será bueno ¿no? – pregunta con sarcasmo alzando una ceja.
- Claro, me encanta estar contigo. – Exclamo emocionada.
Él sonríe. Me encanta su sonrisa. Se parecen tanto mi hermano y él. Ojala estuvieses aquí Alex. Bajo la cabeza y vuelvo a mi posición pensativa.
De improvisto mi padre se levanta y se dirige a la entrada. Le miro extrañada. ¿A dónde se dirige? Suspiro y le sigo, mas él ya había desaparecido de mi vista. En la entrada de la cabaña puedo observar todo el paisaje. Un frondoso bosque se expande a lo lejos. A la derecha un lago, cayendo en él una cascada formando una atmosfera de tranquilidad y relajación. Probablemente mi padre se haya ido allí. Se encontraba escondida tras unos pinos, dándole así un aura de misterio. En la entrada de la casa hasta el inicio del bosque se encuentra una extensa zona de pasto donde practicamos.
A paso lento me dirijo por el pasto, dejando que el rocío de la mañana me empape los pies. Suelto un suspiro. Como voy a echar de menos este lugar cuando vuelva a la ciudad. Una vez más una lágrima intenta salir por mi ojo derecho. Últimamente estaba muy sensible. Un ruido proveniente de los arbustos cercanos me hace salir del trance y me pongo en guardia. Empuñando mi espada me dirijo a paso precavido hacia el origen del ruido. Cada vez estaba más cerca. Decidida salto hacia aquella masa negra que se encontraba detrás de los arbustos y lo arrincono entre el árbol y mi espada. A verlo detalladamente diviso una persona alta tapada de negro y con el uniforme del país, pero llevaba la cara tapada.
- ¿Scarlet? – Pregunta sorprendido. Me asusto. ¿Cómo sabe mi nombre? – Scar, soy yo.- Esa voz. Me suena demasiado. No puede ser.
- ¿Alex? ¿Hermano? – Pregunto confusa. El susodicho se quita la máscara. Ahí está, mi hermano. Y en ese instante siento que todo el mundo se me viene encima.

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